Los desposorios de la Virgen y San José
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El cuadro conocido como Los desposorios de la Virgen y San José constituye una de las piezas más valiosas de la Exposición Permanente de Arte Sacro de la Catedral de Jaén, y a la vez es una de las obras sobre cuya procedencia menos noticias se conocen. Ampliar fotografía |
Este óleo sobre lienzo fue atribuido a varios pintores, incluso a Luis de Morales, aunque hoy se reconoce que su autor fue el pintor mexicano Cristóbal de Villalpando (1650-1714), quien debió pintarlo entre 1690-1710.
Los desposorios, óleo sobre lienzo de 205 x 160 cms., es una obra que, tanto en su conjunto como en diversos detalles, muestra el exotismo del arte pictórico colonial novohispano de Villalpando. Desde el punto de vista formal, la disposición de los personajes no es novedosa ni rupturista con la tradición: el centro de la escena es ocupado por los esposos y el oficiante, mientras en los laterales se distribuyen sendos grupos de espectadores, hombres y mujeres, que el pintor ha plasmado con posturas un tanto contorsionadas y elegantes, y revestidos con lujosos trajes dibujados por Villalpando con gran alarde de detalles que se detectan en la textura y calidades de las telas. A partir de estas características, algunos especialistas han hablado de un neomanierismo de Villalpando en sus últimas obras. Como dato anecdótico, cabe señalar que los dos personajes más extremos del cuadro miran al espectador, como invitándolo a ser testigos, como ellos, de tan fausto acontecimiento.
Se puede igualmente afirmar que el pintor ha representado una doble Trinidad en el cuadro, la celeste -Padre, Hijo y Espíritu Santo- y la terrena -José, María y Jesús-. En efecto, en el registro o ámbito superior del lienzo, que acoge el mundo de lo sobrenatural, aparece en el centro el tetragrámmaton, es decir, las cuatro consonantes hebreas que representan el nombre de Dios en esa lengua, en clara referencia a Dios Padre. A la izquierda, sobre la vara florida de San José, revolotea una paloma nimbada de rayos de luz, simbolizando al Espíritu Santo, mientras que la persona que falta de la Trinidad, el Hijo, por su doble naturaleza, divina y humana, participa de las dos Trinidades, y se puede adivinar implícitamente en el vientre de María, que presenta ya un cierto abultamiento antes incluso de la Encarnación.
De extremadamente refinados y elegantes pueden ser definidos los hábitos esposalicios de José y María, diseñados con un fino dibujo en el que se superponen diversas calidades cromáticas, resaltadas por la luz. Lo mismo puede afirmarse del traje del sumo sacerdote Abiatar, revestido con los hábitos pontificales, tal y como son descritos en el libro del Levítico. Entre todas las prendas que lleva el oficiante llaman la atención la túnica blanca, con una serie de ojos estampados, que representan a Dios, y la tunicela superior que cubre la anterior prenda, que Villalpando ha pintado con un cromatismo magistral, imprimiendo a la tela una textura suntuosa, casi aterciopelada.
Frente las actitudes de los testigos, pendientes del evento, los contrayentes muestran una compostura recogida, casi en oración, como expresión de la trascendencia del rito que están cumpliendo. No en vano, la sacralidad del momento se pone de relieve con varios detalles, como el cielo que se abre luminoso para mostrar la gloria de Dios, enmarcada en un haz de nubes en cuyos extremos el pintor ha colocado seis querubines, y el insólito detalle de las dos manos que salen de la nube y tocan los hombros de María y José, como queriendo expresar que Dios Padre aprueba y bendice con su gracia la unión.
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