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La Anunciación

En la primera mitad del s. XVI se puede datar esta tabla anónima, de 90 x 47 cms., pintada al óleo, de fuertes rasgos hispano-flamencos, que representa la conocida escena de la anunciación del arcángel Gabriel a María y la Encarnación de Cristo en el seno de la Virgen, tal y como la relata el evangelista San Lucas (1,26-38).




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La disposición de las figuras es muy clásica: Gabriel aparece arrodillado ante María, quien también descansa sobre un reclinatorio en el que se abre un libro de horas, según un modelo iconográfico que se repite desde el bajo medievo. La Virgen, en actitud de oración, se vuelve hacia el mensajero, sin mirarlo, perdiéndose su mirada en ese infinito que evoca la inmensidad de la misión que Dios le encarga y que María medita interiormente: ser la Madre del Salvador.

Aunque el ropaje de la Virgen presenta todavía rasgos gotizantes, como el uso del dorado en la capa, la aureola de la Virgen y el cetro del arcángel, sin embargo esta tabla ofrece ya elementos novedosos desde el punto de vista estilístico, como el tratamiento que el pintor hace de la túnica del arcángel, con unos pliegues suaves y cadenciosos, en plena sintonía con los diseñados por los pintores italianos del Quattrocento, que superan los rígidos pliegues usados en el gótico. También netamente renacentista es el uso de la perspectiva tridimensional que hace el autor anónimo de este cuadro. Para dar sensación de profundidad, el pintor no dudó en situar la escena sobre un pavimento en forma de damero, ubicando a los protagonistas en un marco arquitectónico en el que sobresale un arco central de medio punto, abierto al espacio exterior, que sirve para encuadrar al Espíritu Santo, representado en forma de paloma y resaltado también por un halo dorado.

Para expresar la pureza de María, el artista recurrió a uno de los símbolos iconográficos marianos más utilizados en el medievo: entre Gabriel y María un gran jarrón contiene un ramo de gráciles azucenas, que abriéndose rellenan el espacio que separa a los protagonistas de la escena. La serenidad y dulzura de los rostros de Gabriel y de María, así como el estatismo de sus cuerpos dan al cuadro un aire de intemporalidad en el que parece que la escena, que marca un antes y un después en la historia de la humanidad, se pierde en el tiempo.