Recogimiento y oración en el Viernes Santo

El Viernes Santo comenzó, en la Catedral, con el rezo solemne de Laudes. Antes de entrar al Templo, el Obispo de Jaén, se detenía unos minutos, en la  Estación de Penitencia de Nuestro Padre Jesús Nazareno, “el Abuelo”, a su paso por la Plaza de Santa María. A las puertas del Obispado, Don Amadeo hizo una “levantá”, en la que además de animar a los costaleros en su tarea de portar a Cristo, les dijo que, igual que se puede rezar con el corazón, también se puede orar con los hombros, como lo hacen los costaleros.

Por la tarde, a las cinco, daban comienzo la celebración de la Muerte del Señor, los Oficios del Viernes Santo. La celebración comenzaba con el Obispo postrado ante el altar, para después celebrar la Liturgia de la Palabra, en la que se lee el pasaje de la Pasión y Muerte de Cristo.

Al finalizar, el Prelado ofreció a los fieles congregados una homilía. Don Amadeo comenzó recordando las palabras de San Ambrosio, quien definió el Viernes Santo como el “día de la amargura”, y las de San Agustín que decía de este día que es “la solemnidad de la Pasión de Cristo”. “La Cruz contemplada desde la fe es el triunfo de Cristo”, afirmó el Obispo. “La elevación de Jesucristo en la Cruz es un paso para la Resurrección. En la Cruz se inicia la Resurrección de Cristo y nuestra propia Resurrección. Cristo es el paso de Dios en la tierra en la búsqueda del hombre”. Monseñor Rodríguez Magro quiso detenerse en dos detalles del relato de la Pasión que pocos minutos antes se había proclamado. Uno “el corazón abierto de Cristo”, – en este año en el que se celebra el centenario de la consagración de España a Sagrado Corazón de Jesús- “animo a que no perdamos nunca la devoción al Corazón de Cristo, es de una excepcional profundidad. Porque el Corazón de Jesús nos remonta a este momento en el que fue traspasado y abierto y del que brotó la Iglesia: sangre y agua. El Corazón de Cristo es la fuente de la gracia que estamos permanentemente viviendo y recibiendo”, explicó el Prelado. El otro momento de la Pasión en el que quiso detenerse el Obispo fue en María: “¡Cómo no tenerla en cuenta!, que hoy sea también un día para enjugar las lágrimas de María también por nuestros pecados. Y para darle gracias a Jesús, su Hijo, por habérnosla entregado como Madre. Gracias Jesús por habernos dado a María como Madre”.

El momento de mayor recogimiento fue la adoración de la Cruz. Portada desde el coro hasta el presbiterio por el diácono, Andrés Aldarias, acompañado por varios seminaristas, fue depositada a los pies del altar. EL Obispo fue el primero en arrodillarse y adorarla, para después hacerlo el pueblo fiel.

Y como cada Viernes Santo, después de la celebración Eucarística, el Santo Rostro bendijo a Jaén desde los cuatro puntos cardinales. El Obispo subió hasta los balcones de la Catedral para bendecir a los jienneses con el Rostro de Cristo que se venera en Jaén.

Fuente: www.diocesisdejaen.es

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